Territorio y oficio

El calzado riojano

Una fábrica sola no explica nada. El valle del Cidacos, con sus talleres auxiliares y sus viajes en grupo a Milán, explica bastante.

Investigación y edición: Archivo León PostigoLectura: 7 min

La historia de una fábrica de zapatos no se entiende sola. Se entiende dentro de un sistema de proveedores, vecinos, competidores y ferias compartidas que en La Rioja funcionó con una eficacia poco común.

Una comarca especializada

Arnedo, Calahorra, Quel, Autol, Préjano. En el valle del Cidacos se concentraron durante décadas fábricas capaces de cubrir casi toda la cadena: patronaje, corte, aparado, troquelado, montado, pisos, hormas, cajas, transporte y representación comercial. La palabra que se usaba para esto en los informes económicos era «distrito industrial». La palabra que se usaba en los bares era «trabajo».

Esa proximidad tenía consecuencias prácticas. Un problema de montado se resolvía en la misma tarde. Una horma se corregía sin esperar a la semana siguiente. Y un aparador con veinte años de oficio podía cambiar de empresa sin mudarse de casa, lo que hacía circular el conocimiento a una velocidad que ninguna consultora habría conseguido.

Las ferias como esfuerzo colectivo

Las delegaciones riojanas viajaban a Milán, Düsseldorf, Madrid, París y Las Vegas. Las noticias de la época enumeran cada vez empresas distintas —trece, catorce, quince, diecisiete, veinte—, pero el patrón es siempre el mismo: ir en grupo, compartir stand y presentarse como región antes que como marca individual. Para una fábrica mediana era la única forma asumible de estar en un pabellón italiano.

En 2011, las exportaciones riojanas de calzado superaron por primera vez los cien millones de euros en un semestre. La cifra se celebró mucho. Conviene recordar que se alcanzó mientras varias de esas mismas empresas entraban en dificultades: exportar más no siempre significa ganar más.

Lo que no conviene idealizar

El relato cómodo de la memoria industrial habla de saber hacer, de manos expertas y de tradición. Todo eso existió. También existieron las jornadas largas, el trabajo a destajo en casa —casi siempre de mujeres, casi nunca contabilizado—, la competencia asiática que llegó de golpe, los cierres encadenados de la primera década del siglo y la pérdida de oficios enteros que hoy no se pueden reaprender porque no queda nadie a quien preguntar.

Documentar una comarca zapatera consiste en sostener las dos cosas a la vez. Sin la parte incómoda, esto sería un folleto.

Lo que queda

Queda una parte del tejido productivo, algunas marcas que resistieron, un centro tecnológico, un museo del calzado en Arnedo y una cantidad enorme de conocimiento repartido en cabezas particulares. Y quedan los objetos: hormas de madera con el número escrito a lápiz, cajas de cartón con el nombre en tinta roja, plantillas con una referencia que ya no significa nada para casi nadie.

Este archivo se ocupa de una empresa concreta, pero cualquier lector de la comarca reconocerá la historia. Se repitió muchas veces.

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